4 Octubre 2017

Las instrucciones.

Hijo mío:

Como veo que estás dudando sobre qué hacer a continuación, voy a guiarte en tu camino.

Supongo, si no lo has hecho ya, que habrás definido claramente los límites de la disputa. No sirve de nada si hay alguien en medio entorpeciendo el paso; todos deberían estar ya a un lado u otro de la línea.

Correcto. Ahora debes mejorar tu determinación.

Sobre todo, no dudes nunca. Ten claro que haces lo correcto. La duda podría distraerte y necesitas estar centrado. La razón absoluta está de tu parte; asume que quienes te apoyan tampoco tienen dudas al respecto. Esto te dará más confianza y, al no sentirte solo, reforzarás tu valentía.

De la misma manera, debes convencerte de que tu enemigo no tiene dudas. No hay disidentes ni voces discrepantes en sus filas. Todos ellos son como una sola persona. Este mensaje es importante: lo que uno dice, lo piensan todos, y si uno de ellos ataca, son todos sin excepción los que te agreden. De esta forma no habrá posibilidad de empatía con alguno de ellos y te bastará con una simple ofensa de uno solo para legitimarte ante los tuyos. Repite siempre: ellos empezaron, ellos nos obligaron.

Perfecto. Vas por el buen camino. Te veo cada vez más seguro.

No habrás olvidado la provocación controlada, ¿verdad? No te interesa que surjan facciones en tu enemigo que busquen algún tipo de compromiso y arruinen este gran trabajo. Un pequeño ataque aquí y allí los mantendrá cohesionados y, al mismo tiempo, sus represalias os unirán más. No pierdas ocasión de señalar que hay afrentas imperdonables.

Casi lo tienes. Sin embargo, hay un último paso que debes dar para que la mano de los tuyos no tiemble en el momento decisivo. Es el requisito fundamental que impedirá que piensen en el enemigo como familia, amigo o vecino, cuando estén ante él.

Es simple. Deshumanízalo. Haz que dejen de pensar en él como un semejante. Despójalo de su dignidad, difámalo, redúcelo a su caricatura. Consigue que nadie crea una palabra de lo que pronuncie, sin siquiera pararse a razonar; que dejen de reconocerlo como ser humano.

Que sea tan despreciable que no merezca la pena dialogar con él.

Que sea tan amenazante como para desear su desaparición.

Fantástico.

Has cerrado la última puerta. En este punto, nadie en tu bando se atreverá siquiera a plantear la posibilidad de un diálogo con el contrario. El escenario es perfecto y los jugadores están preparados.

El resto será cuestión de tiempo.

Tu padre,

Ares.

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Publicado en Artículos, Política el Miércoles 4 de Octubre de 2017 a las 0:29 | 1 Comentario

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