Cinco duros

Hoy, cuando paseaba por la calle, capté una conversación al pasar junto a tres chavales de unos doce años que charlaban sentados en un banco. Uno de ellos estaba preguntando a los demás si tenían dinero ahorrado y el diálogo, cuando yo pasaba a su lado, iba más o menos así:

– ¿No tenéis? Yo tengo quinientos pavos… – decía el primero.

– Yo tengo cien en la hucha – empezaba a decir un segundo, mientras el primero continuaba – … y me falta la mitad para comprarme el móvil, pero mi padre dice que me espere…

– Pues yo en la hucha sólo tengo una carta de Pokemon – me hizo sonreir el tercero, tras lo que el grupillo ya quedó lejos para distinguir sus voces y seguí caminando calle abajo.

Me quedé pensando cuánto había sobrevivido y por cuántas metamorfosis había transitado la palabra «pavo», desde mi época en que significaba «un duro» – cinco pesetas – hasta sus inicios, cuando tomó su significado del nombre del animal que costaba esa cantidad.

En lenguaje actual, «pavo» puede significar «Euro», pero, siendo como soy un «cuasi-boomer», en mi cabeza siempre lo traduzco automáticamente a «duro», y de ahí mi memoria salta a la moneda de veinte duros, la que reemplazó a aquel billete parduzco que lucía la cabeza de un señor calvo con gafas con la inscripción «Manuel de Falla» a su lado y las palabras «CIEN pesetas» en el centro.

De repente, volví a revivir toda una época de ocio de mi temprana adolescencia, en que uno de los mejores momentos de la semana, para mí, era cuando coincidían una tarde libre y más de cien pesetas ahorradas de la semana anterior o quizá recibidas como propina de mis padres o tíos.

¡Tener cien pesetas significaba tener, como mínimo… cuatro partidas en los recreativos!

No siempre fue así. Antes de aquello aún estuvo la época de los primeros juegos de un duro y dos duros, juegos mecánicos o electrónicos primitivos que aportaban retos distintos a los de los futbolines y billares de siempre. Había minicabinas de tiro al blanco con pequeñas dianas de plástico y marcadores digitales, juegos con gráficos poligonales simulando naves o tanques y carreras de bólidos en que la imaginación la poníamos nosotros, pues denominar «bólido» a los garabatos brillantes que movíamos por la pantalla era un buen ejercicio de creatividad. Incluso había un juego de una sola peseta – llamado «Monza», nada menos – en que había que dirigir la misma peseta con un volante por un circuito de curvas en bajada, y se ganaba si la peseta llegaba abajo sin salirse del circuito. Apasionante, abuelo.

Para cuando los juegos empezaron a costar cinco duros, ya había pasado un tiempo y la tecnología había avanzado.

Sería difícil hacer comprender a un joven de ahora la sensación de entrar en una sala de recreativos antigua. Y no es que el concepto les sea desconocido; hoy en día se siguen abriendo salas «retro» o «vintage» con nostálgicos ejemplares de juegos antiguos, y hay bastantes locales en centros comerciales o calles céntricas en que se ofrecen modernas máquinas recreativas cuyo atractivo es ofrecer lo que no se puede encontrar en las videoconsolas o móviles: cabinas con simuladores de conducción real, máquinas de premios, algún pinball, juegos para varios jugadores y quizá, también, alguna máquina simulando las antiguas, con pantalla, botones, joystick y dentro un emulador que – atención – contendrá un selector para elegir entre todos los juegos que uno podría haber encontrado si se hubiera recorrido todas las salas recreativas de todas las ciudades del mundo en la década de los 80. Todos.

Por ello, cuando todo empezó, el factor crítico era la exclusividad, la novedad. Los videojuegos eran una revolución de la que sólo podías formar parte si ibas a los recreativos. Esa es la gran diferencia.

Y es que, a comienzos de los 80, aún no se había extendido el uso de los primeros ordenadores personales básicos, los Spectrum, Commodore, Amstrad, MSX, Dragon… y por ello las máquinas recreativas que se concentraban en aquellos locales fueron el reclamo que convirtió a esas salas en centros de ocio y lugares de reunión, donde se creaban y reunían las sociedades del videojuego local. Cual flamante pueblecillo del lejano Oeste, el salón recreativo alternaba callejones oscuros de juegos desvencijados con avenidas principales flanqueadas por relucientes consolas de madera lacada y rótulos personalizados, a cual más glamuroso; jóvenes forajidos vagaban en busca de la moneda olvidada esquivando a un sheriff que era, al mismo tiempo, banquero, portando su cartuchera de monedas. Pero éramos seres volubles, dispuestos a mudarnos ante el rumor de un nuevo juego espectacular que solamente una sala en la ciudad había conseguido y frente al que los chavales nos agolpábamos para ver jugar o esperar nuestro turno, cinco duros en mano o sobre el tablero. Las mejores salas eran las que tenían los juegos más novedosos. Y ¿qué decir del reto que suponía el conseguir el récord en un juego popular y mantenerlo imbatido durante varias semanas? Cada juego tenía su héroe particular, y muchos se afanaron en grabar sus tres iniciales en todas las salas de la ciudad, marcando su territorio como desafío al resto. Allí aprendimos la expresión «Hall of Fame», y que tu nombre saliera entre los diez primeros en la lista luminosa era motivo para presumir.

Nosotros no necesitábamos farmear aura; nuestros puntos de carisma quedaban grabados en el podio digital.

Como todo en la vida, unos juegos se ponían de moda y otros perdían adeptos. El «Pacman» – que incluyó la palabra «comecocos» en nuestro diccionario – fue el rey durante largo tiempo y pasada su época dorada aún mantenía su lista de fieles, mientras los éxitos pioneros como «Space Invaders» iban quedando en el olvido. Y nunca faltaban candidatos para reclamar la corona. Recuerdo bien el día, en la sala de juegos frente a la iglesia de Santa María de La Antigua en mi Pucela natal, en que hicieron hueco al fondo del local y recolocaron a los lados el resto de juegos. Al día siguiente, dominando en soledad el espacio principal, apareció un nuevo juego: la consola mostraba dibujos muy simples de un tipo con bigote y gorra roja a un lado y un gorila tomando a una chica de la mano, al otro lado. El juego se llamaba… «Donkey Kong».

No, no es posible transmitir hoy en día esa sensación de dirigirse en una tarde soleada a los recreativos («sala de máquinas» las llamaba yo) con los veinte duros en el bolsillo, para entrar hacia un mundo distinto donde nos recibía la oleada de voces y sonidos, las melodías de 8 bits, los destellos multicolor, la gente agrupada frente al éxito del momento, los ruidos del futbolín al fondo, los amigos, y recorrer tranquilamente el local para empaparnos de las novedades de la semana y los nuevos récords, y mirar, admirar y aprender, hasta que llegaba el ansiado momento de elegir, sabiamente, en cuáles íbamos a gastar una de las cuatro partidas posibles. Era una evasión efímera, pero era esa escasez la que le daba más valor. No importaba el resultado. De alguna manera, siempre supimos mejor que nadie que lo importante del ritual era la anticipación, la preparación, el formar parte y compartir la emoción con el resto, y las memorias que nos dejaría para siempre.

Cuánta riqueza a cambio de unos simples cinco duros.

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